Sergio del molino lugares fuera de sitio

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En 2004 me entrevistaron en Heraldo de Aragón con motivo del lanzamiento de una de mis novelas. Me hizo mucha ilusión la promesa de una contraportada a toda página. Así que llegué y me encontré con un joven Sergio del Molino, con su grabadora, su bolígrafo y su libreta.

La verdad es que aquel chico un poco más joven que yo no me parecía la alegría del jardín, precisamente. Supongo que era porque estaba empezando su profesión de periodista, o porque no le apetecía entrevistar a un escritor mindundi como yo, o porque tenía resaca, o simplemente porque sí.

El caso es que Sergio empezó con sus preguntas y sus pistas y asociaciones y ya descubrí que sabía mucho de literatura. El caso es que esa contraportada para un escritor en ciernes siempre me facilitó recordar su nombre y su cara de periodista resacoso o absolutamente profesional

Si hay un libro de este autor que va más allá de lo literario para alcanzar una dimensión humana mucho mayor, sin duda es éste. Sobrevivir a un hijo es un hecho contra natura, el más cruel de los acontecimientos para la lógica y el sentimiento humano.

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– Son los más importantes en la vida, los que construyen tu personalidad. Pero es un barrio que ya no reconozco. Apuré el momento final de la vida de barrio en España. De esos barrios que se formaron en España en los años 50 y 60 y que duraron hasta finales de los 90, cuando llegó la primera gran oleada de inmigración y la burbuja inmobiliaria. Eso acabó con la vida de los barrios. Lo que retraté en mi penúltimo libro es un poco el fin de ese mundo, porque yo soy de esa generación que todavía podía vivir ese mundo que era común en todas las periferias españolas. Eran barrios todos construidos con una arquitectura muy similar, muy pobres, improvisados en definitiva, y caracterizados por los descampados…

– Eran los lugares donde todo se cruzaba, había que evitarlo pero para los que inevitablemente tenían que pasar. Eran una especie de bosque encantado donde pasaban las peores cosas pero al mismo tiempo pasaba la vida. Se jugaba a las chapas, se bebía cerveza y se fumaba, y al mismo tiempo por la noche podían pasar cosas terribles. Era el símbolo, o la metáfora, del abandono que sentía una gran parte de la sociedad… Eran las cicatrices urbanas que corroboraban que, de hecho, nadie se preocupaba por nosotros y que estábamos abandonados por Dios.

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Puede ser una buena idea trazar un mapa del país que llamo España vacía. Lo primero que se nota es que es un país sin focas. A grandes rasgos constituye lo que geográficamente es la meseta peninsular más la depresión del Ebro. Para los estándares europeos es un territorio enorme. Además, no tiene ciudades. He excluido Madrid, un agujero negro alrededor del cual orbita un enorme vacío. La población de España está distribuida de forma desigual, concentrada en unos pocos puntos y prácticamente inexistente en la mayoría de las zonas. Vista desde el espacio exterior, la distribución se parecería a un donut con un trozo de bollo en el centro del agujero.

Europa occidental está densamente poblada y sus habitantes se reparten con notable uniformidad. Viajar en coche por Francia, Inglaterra o Alemania es pasar por una sucesión ininterrumpida de casas y pueblos, mientras que en España se pasa de unas pocas zonas de mdium y alta densidad a vastas regiones técnicamente desiertas.

Las razones de esta peculiaridad son complejas. Lo que realmente quiero destacar es que se trata de un desequilibrio antiguo y estructural que ni el progreso ni la riqueza han corregido, y que en muchos aspectos hace de España un país insólito dentro de la normalidad europea. La impresión que los españoles tienen de su propio paisaje es más parecida a la imagen que los habitantes de Estados Unidos y Rusia tienen de sus países, mucho más grandes. Se dice que tal o cual comarca es la Siberia española, y hay desiertos que han servido de escenarios para rodar westerns americanos.

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Las fronteras son un invento muy reciente que aún está por perfeccionar. Las de España con Francia y Portugal, supuestamente entre las más antiguas del mundo, no se marcaron hasta el siglo XIX, y se hicieron pequeñas modificaciones incluso en los años 90. El tópico ecuménico e ilustrado los considera legados de un pasado violento e incivilizado, pero los datos demuestran que cuanto más nos remontamos en el tiempo, más débiles y vagos son. Desde la zona de confort de Schengen puede parecer lo contrario, pero para alguien de Malí o Bolivia que intenta entrar en la Unión Europea, las fronteras son un hecho hipertecnológico, cada vez más avanzado y opresivo…